viernes, 2 de abril de 2010

Las fronteras que nos (en)cierran


Estoy en la Terminal de buses de Tacna, hace mucho calor y en mi MP3 suena el tema Sirena Varada de Héroes del Silencio. Ahora cantan… “El miedo a traspasar la frontera de los nombres… como un extraño” y me recuerda que en una hora más estaré cruzando la frontera con Chile. Espero a que el asistente de siempre, de cabellos parados, flaco y moreno, me entregue las maletas de la bodega del bus. Tarareo la canción a bajo volumen como rezando un futuro acontecimiento. Y es así, en una hora más estaré atravesando una frontera que ya es muy conocida para mi pero que nunca deja de sorprender.

Según la historia, y sintetizando años, el territorio donde hoy se ubica la ciudad de Tacna estaba poblado por varios asentamientos, entre ellos Lupacas, Chinchorros y Uros. Fue recién hacia 1800 que llega la colonización aymará. Después de la conquista del imperio inca, Tacna fue el paso por donde volvió, casi muerto, Diego de Almagro derrotado. Entró tan derrotado como los peruanos y bolivianos que veo en la aduana, que ahorraron todo el año para vacacionar y no los dejan cruzar la línea.

Luego el turno fue de Pedro de Valdivia, organizando campamentos. En 1572 se inician los primeros asentamientos hispánicos en la zona. Después de revoluciones que alcanzaron a tocar estas tierras, como la de Túpac Amaru II, llegaron los tiempos de la independencia. Pasada la ola independentista, se crea la Confederación Perú – Boliviana, donde Tacna es el centro y sede de un Congreso, que dura sólo dos años. En abril de 1879 Chile le declara la guerra a Perú y Bolivia, que hasta ese momento mantenían un Tratado de Alianza Defensiva. Y aquí está la madre del cordero, dicen algunos. Aquí empieza la historia de esta lucha constante y perdurable, también anacrónica hoy, entre los vecinos. Luego de la batalla del Alto de la Alianza (denominada así por la retirada emprendida por Bolivia), Perú y Chile quedan enfrascados en la Guerra del Pacífico. Una guerra que hasta ahora y a pesar de los años no se olvida, y menos cuando se trata de inmigrantes, temas marítimos y fútbol. Si Marx hubiese visto nuestros tiempos cambiaría su famosa frase sobre la religión por: “El fútbol es el opio del pueblo”.

Tacna y Arica formaron parte de Chile durante 50 años, hasta que –mediante un tratado-, Tacna es reincorporada a Perú. Arica quedó en límites del territorio chileno.
Santa Rosa es el control peruano. Está recién inaugurado e implementado con computadores y nuevos lectores ópticos que permiten leer de forma automática los pasaportes o documentos de identidad. Después de todo es el único paso fronterizo con Chile y son aproximadamente 7.500 personas las que cruzan por día. Para salir del país no piden mucho. Haces una fila y sellan tus documentos previo pedido que te quites los lentes oscuros si los llevas puestos. Todo normal para los peruanos que no deben multas por faltar a algún sufragio. No revisan maletas, no les importa que pases algún producto que afecte a la agricultura o salud del vecino país. Lo mismo sucede al frente cuando vas a salir rumbo a Perú. Aquí el control de quién entra y quién sale no es muy fuerte, y también se mira en menos al vecino, pero el dinero que entra por turismo hace que el orgullo quede sólo en las gargantas.

Estamos en el auto lancha, inmenso y negro como una carroza fúnebre y unos asientos que huelen a muerto, mezcla de tantos sudores, de tantas espaldas y traseros que se apoyan a diario. Somos cinco más el chofer. Un anuncio en español, inglés y aymará da la bienvenida a Chile. Después de media hora de recorrido viene la parte tediosa, la incertidumbre de si nos dejan pasar o no al país mejor posicionado, económicamente hablando, en el continente.

Una fila más grande, eso es cierto. La gente prefiere salir que entrar al Perú. Mucha gente alrededor con chalecos de la entidad que representan (servicios agrícolas, extranjería, migraciones, impuestos internos), perros labradores que detectan drogas, lindos como los de las propagandas de la TV; espejos para ver bajo los autos, risas entre trabajadores del control migratorio Chacalluta. Trabajadores que huelen a perfumes caros comprados en Tacna a menor precio que en su país. Calvin Klein, Polo, Hugo Boss. Olores fáciles de diferenciar entre tanto sudor. Ríen pero no con los de la fila. Sólo miradas frías, de desconfianza, mientras los perros de televisión nos olfatean las maletas. Es turno del siguiente auto, en el que viajamos los cinco desconocidos.

Desde que tengo la residencia chilena es más fuerte el interrogatorio. Pero aún no es mi turno; me toca esperar, aunque ya mis manos sudan. Las seco en los jeans y los ensucio más de lo que están. Va un compatriota adelante. Con voz enérgica dicen su nombre como llamándolo al paredón, y con voz dormida el tímido viajero da los buenos días al encargado frente al computador. No responde.

- ¿Motivo de viaje?- pregunta el agente, de camisa gris y bigote mal cortado.
- Voy a Iquique a comprar repuestos para tornos.- dice con la sumisión típica y heredada de las personas del Perú profundo.

Quien lo acompaña, chileno, entra a la conversación y le dicen que se calle, que no hablan con él. Y empieza la duda.

- ¿Profesión?
- Mecánico especialista en tornos.

Otra vez el chileno acompañante habla para corroborar la profesión de quien parece ser su empleado. Esta vez no hace falta que lo callen, una mirada basta y se hace a un lado.

- ¿Qué es un torno?- dice el agente de migraciones, con tono despectivo. Con esa altanería de los que creen saber todo en la vida.

Aquí titubea un poco el mecánico. Aunque a cualquiera le sucede cuando sabes que te están sometiendo a interrogatorio. Casi como rezando para sus adentros el mecánico de pómulos contundentes, ojos achinados, y uñas un tanto sucias, le dice lo que es un torno, apenas moviendo los labios bordeados de unos cuantos vellos que crecen como maleza, como hierba mala. No le creen. No hay pase. Regresa a Perú. Simplemente no tiene cara de ser mecánico, mucho menos especialista. Pero si de ser pobre en busca de trabajo. Al menos eso parece pensar el interrogador.

Me hace recordar a todos los peruanos que con todo esfuerzo juntan cien dólares para solicitar la visa a los Estados Unidos de Norteamérica, se presentan en la embajada con documentos que le acreditan trabajos millonarios, propiedades envidiables y reservas ficticias de hoteles boutique en Miami; y se les niega el paso sin explicación alguna.

A mi espalda, una joven europea, alta, castaña, de ojos grandes y claros, sonrientes, con sandalias que no esconden sus pies finos aún pero hinchados por el viaje y con un libro de Noam Chomsky bajo el brazo, echa maldiciones en un español bonaerense, porteño. Insulta a la madre del agente y se ríe de rabia. Insulta sin miedo a ser reprimida. Y nadie la reprime. Me pregunto por qué será que no le dicen nada. No lo puede creer. La miro y comenta que en Europa no es así. Sólo en su natal Suiza, atribuyéndolo a que su país no forma parte de la Comunidad Europea. Vuelve a echar insultos, esta vez diciendo que la automarginación de su país de dicha comunidad se debe a los bancos y a toda la riqueza mal habida que cobijan entre las montañas, incluso mancillando el recuerdo que tiene el mundo de Heidi y de su abuelo, que le dan a Suiza un aire de pureza, que por sus palabras me parece solo está en la televisión y el cine.

Le cedo el paso a la joven suiza. Todo sin problemas, sin preguntas, sin desconfianza. En menos de un minuto un sello en el pasaporte y un 90 mal escrito le dan la cantidad de días permitidos para que disfrute sus vacaciones.

Es mi turno y el agente sólo me pregunta dónde vivo. Sella el pasaporte, me mira fijamente a los ojos mientras me lo entrega y su rictus sigue tan frígido como con el mecánico que regresaba derrotado a Perú por el solo hecho de no parecer lo que decía ser.

Pero así son las cosas acá. Es una frontera entre dos países que arrastran disputas y rencores con historia de siglos atrás, una frontera donde predomina la discriminación, por el color de piel, por la situación económica y por ser el vecino mal mirado.

Con la espalda hecha trizas, mochila y maleta en mano, llega el momento de los rayos X. Paso todas mis pertenencias. Al retirarlas me piden abrirlas. ¡Y tanto que me había costado que todo entre sin problemas en esa mochila! La desbaratan. Adelante de todos han sacado hasta los calzoncillos sucios, las calcetas con hoyo y los regalos respectivos para quienes me esperan en Chile. Con un gesto de pocos amigos parecen decirme que ya puedo guardar todo. Casi todo está dentro de los bolsos y otra vez ahí vamos.

- Abra su maleta.
- Ya la revisaron- dije muy seguro.
- Digo que la abra. Salió un olor raro.- esta vez la voz era más enérgica.

¡Vaya descubrimiento!, mes y medio viajando y los olores impregnados en aquella maleta no eran precisamente a rosas. Otra vez me desbaratan todo y dicen que guarde mis cosas, que el olor no es de mi equipaje sino de otro que le pertenecía a una ciudadana boliviana que parece tener cinco faldas y tres suéteres y un niño envuelto en la espalda que entre tanta bolsa que carga casi lo pasa por error en la máquina de rayos X. Antes de irme me mira el inspector aduanero y dice:

- ¿A qué se dedica en Chile?
- Consultor turístico- respondo. – Hago proyectos de turismo.
- Explíqueme, ¿Qué significa eso?

No sé si son tan preparados para entender todos los trabajos, pero bastó mencionarle que esos proyectos son cofinanciados por el gobierno chileno para que me deje en paz.

Quizás toda la desconfianza disminuya con los nuevos sistemas que se implementarán en Chacalluta, que contará con un avanzado sistema de identificación biométrica dactilar y facial, que junto con la autentificación de los documentos permitirá verificar con mayor precisión las personas que entren o salgan de Chile. Mediante este sistema, la automatización de los procesos en el control migratorio, mediante tecnologías de información moderna y aplicada en países del primer mundo, se buscará erradicar posibles adulteraciones, falsificaciones, suplantaciones, en los documentos migratorios. Y no podemos tapar el sol con un dedo, por algo nos miran mal, somos expertos falsificadores, intrépidos personajes de la piratería y para colmo todo a buen precio, para todo bolsillo. Habrá que esperar entonces.

Guardo mis cosas otra vez y voy rumbo al auto para por fin seguir viaje hacia Arica.

El auto va más liviano. El chileno y su empleado peruano tuvieron que regresar de la frontera hacia Tacna. En el poco tramo que queda para llegar a Arica le tratamos de explicar a la joven suiza que así es Sudamérica, que así somos entre nosotros y que una parte de culpa también la tiene aquel morro que ya se asoma como vigilando la playa. Con una sonrisa solo atina a decir que no cree que después de más de un siglo se siga peleando por lo mismo.

Arica está frente a nuestros ojos. La ciudad ubicada entre las desembocaduras de los ríos Lluta y Azapa, donde por la calidad de sus suelos y la disponibilidad del agua en medio de tanta aridez, constituye un lugar propicio para los asentamientos humanos. Por tal motivo, a la llegada de los españoles, y gracias a estas condiciones, las etnias mostraban un nivel de desarrollo cultural elevado. Arica fue un puerto muy importante durante la colonia y durante el auge de las exportaciones salitreras y del guano. Pero el decline de esta ciudad puerto fue hacia 1868, cuando tras un terremoto, seguido de un tsunami, quedó destruida gran parte de la ciudad y de las instalaciones portuarias. El resto de su historia la comparte en esta constante diatriba con Tacna. Casi la misma historia. Actualmente, es balneario de algunas familias peruanas y bolivianas que logran un permiso de paso solo hasta dicha ciudad.

La desconfianza se apodera día a día de nuestros pueblos. Ya antes, siendo menor de edad, me habían quitado los zapatos para pincharlos con agujas y ver si no llevaba drogas. Para entrar a Ecuador se cruza un puente custodiado por cuadras de mercados, ferias, ambulantes y rostros que si inspiran miedo. Al llegar al control buscan la forma de conseguir al menos un beneficio monetario. Cosa que consiguen de quienes por primera vez cruzan y ven temerosos. Lo vi hace un tiempo con dos argentinas a quienes les pidieron dinero y le dieron el cambio del soborno con monedas falsas. ¡El colmo!

De Estados Unidos ni hablar, sobre todo después del 11-09. No sólo niegan visas como fue en mi caso sino también te la dan y al llegar al país del norte te regresan en el siguiente avión, como fue el caso de una tía. En México, la primera vez en Cancún, bastó estar junto a una joven colombiana que venía en el mismo avión y con quien crucé un par de palabras para que me interroguen al mismo tiempo que a ella, revisando las billeteras, las agendas con números telefónicos y el equipaje de mano. De esto hace 8 años. Ahora, saliendo o entrando a la manga del avión y tras ser revisado ya por policías y aduaneros, al ojo, un oficial de la Policía Judicial te detiene, te toca incluso las partes íntimas que los anteriores controles no revisan, te pregunta por qué motivo estas en su país y a qué te dedicas. Luego, ya bien manoseado, te sonríe como satisfecho y dice: ¡Buen viaje! Sólo le falta un cigarro en los labios para completar su escena.

Toda la tecnología que se aplicará en los controles en un corto tiempo esperemos que sea útil, pero por el momento no queda más que sufrir esa hora de viaje entre documentos, mochilas y policías desconfiados, hacer la fila, poner la mejor cara y esperar no correr la misma suerte que el especialista en tornos que no supo decir claramente lo que era un torno. Por último queda el consuelo que a Almagro y a Valdivia les fue mucho peor cuando pasaron por ahí rumbo a su conquista. Y eso que no había biometría

El Arte de Viajar


Louis Vuitton, conocido por sus maletas exclusivas y sus guías de viaje, nos regala un minuto y 30 segundos de libertad en un vídeo. Nos hace pensar, nos hace “soñar” con el viaje que siempre “soñamos”… ¿Hacemos planes para viajar o es el viaje quien cambia nuestros planes?, nos plantea en cierta forma este vídeo. Es una condición propia de la humanidad el ir y venir, de un lugar a otro. Como ser humano tenemos un compromiso: conocer nuestra cultura…y las otras también. Pero sobre todo conocernos a nosotros mismos. Saber cual es nuestro lugar en la tierra, a qué venimos al mundo o qué cosa queremos hacer en él. Y es generalmente durante un viaje cuando lo logramos. Siglos atrás y antes de todo este tema de los viajes organizados en agencias o por internet, en Europa, los jóvenes aristócratas junto a un tutor partían en su Gran Tour. Un viaje por todo el continente con el fin de conocer la civilización occidental. Partían desde Londres y recorrían ciudades como París, Venecia, Roma. El regreso a casa era esperado por familiares y amigos, quienes además de los regalos y recuerdos, esperaban que los conocimientos adquiridos por el viajero sean deslumbrantes. Estos conocimientos van por el mismo lado de los que hoy buscamos los viajeros: historia, gastronomía, geografía, arte, religión, costumbres. El Gran Tour, era entonces una costumbre, un rito de iniciación para enfrentar el mundo adulto. En nuestros días muchos siguen esa costumbre, ahora sin tutores. Sólo una mochila y una guía de viajes nos lleva a lugares donde la cultura abunda y es conociendo esas culturas que empezamos a conocer nuestro propio ser, de qué estamos hechos y hacia dónde queremos ir. Por eso he subido este vídeo para que quien pueda lo vea. Para que sueñe y piense. Piense que el camino se abre a todos, que no distingue en clases ni razas, porque para darle un rumbo a tu vida sólo basta tomar una maleta y decidirse a vivir. Y todos sabemos que nunca es tarde para vivir un sueño. www.louisvuitton.com

sábado, 13 de febrero de 2010

¡Tranquilos!!!...desde aquí los miro



Tal vez por peliculas mexicanas o algún comercial de turismo, alguien ha visto a 4 hombres que parecen volar, tan sólo atados de un pie. Ellos son los Voladores de Papantla (Veracruz).

Si presencias la ceremonia verá que el Caporal se eleva en las alturas para hacer frente a las cuatro direcciones cardinales, se inclinará y abrirá sus brazos, mantendrá el balance sobre un pie, y realizará una danza enérgica, al mismo tiempo que toca la flauta y el tambor. Aunque lo veas una y otra vez y las vueltas sean las mismas, nunca será igual. El tambor y la flauta suenan con especial melancolia y quedan en la cabeza por un tiempo haciendo eco.

La historia del vuelo ceremonial de los Voladores está cubierta por la niebla de la antigüedad. La información sobre el ritual original fue perdida parcialmente cuando los conquistadores españoles destruyeron muchos de los documentos y de los códices de las culturas indígenas. Afortunadamente, bastante ha sobrevivido gracias a la historia oral y a los materiales escritos por los primeros visitantes a la Nueva España. Gracias a ello los antropólogos y los historiadores han podido documentar por lo menos parte de la historia de esta práctica religiosa antigua y cómo se ha desarrollado con el tiempo.

Un mito Totonaca (pueblo mesoamericano que habitaba la zona de Veracruz) dice de una época en que había una gran sequía y el alimento y el agua escaseó en la tierra. Cinco hombres jóvenes decidieron que debían enviar un mensaje a Xipe Totec, su dios de la fertilidad, de modo que las lluvias volvieran y fertilizaran el suelo. Así sus cosechas prosperarían otra vez. Entraron en el bosque y buscaron el árbol más alto y más recto.

Cuando encontraron el árbol perfecto, permanecieron con él durante la noche, ayunando y rogando para que el árbol les ayudara en su propósito. Bendijeron el árbol. No contentos con eso, lo cortaron y lo llevaron al día siguiente a su aldea evitando que tocara la tierra hasta el punto de la localización perfecta para su ritual.



Cavaron un agujero para fijarlo verticalmente y después bendijeron el sitio con ofrendas rituales. Los hombres adornaron sus cuerpos con plumas de modo que aparecieran como pájaros a Xipe Totec, en la esperanza de atraer la atención del dios a su importante petición. Con cuerdas envueltas alrededor de sus cinturas, se aseguraron al poste e hicieron su súplica al volar con el sonido enervante que emanaba de la flauta y del tambor.

Mientras miraba desde abajo, pensaba que en tiempos prehispánicos el ritual de los Voladores fue realizado en gran parte de México, llegando al sur, incluso hasta lo que hoy es Nicaragua. Hombres como los que veo ahora colgados lo hacían cada 52 años- lo que indica que la ceremonia va en estrecha relación con el calendario indígena, cuyo ciclo era de cincuenta y dos años, número que resulta de multiplicar las trece vueltas que se deben efectuar durante el descenso por los cuatro voladores que lo llevan a cabo- trasmitiéndose la tradición de padres a hijos.

Durante la conquista, la iglesia luchó fuertemente contra todo lo que consideraba prácticas paganas y la adoración y los rituales indígenas fueron silenciados o celebrados en secreto (la bien llamada adaptación en resistencia). Más adelante, se combinaron las creencias nativas con el dogma religioso católico, creando un sincretismo cultural y de fe.

La ceremonia comienza muchas veces desde la elección del árbol que se va a utilizar para fabricar el poste que servira de centro. Dicho árbol es llevado en procesión hasta la aldea. Luego se cava un hoyo en la plaza y ahi se coloca, asegurándolo. Para darle un valor más ceremonial, algunas veces se pone antes en el hoyo un poco de maíz, un chorro de aguardiente y un guajolote (pavo) vivo, que será aplastado por el poste y cuya sangre se espera que fortifique a los ejecutantes.

Todo está calculado, las vueltas y el tiempo y el sonido del tambor y el sonido de la flauta. Y también está calculado que al final de la muestra todos los que estamos abajo aplaudiremos, mientras aún tratamos de cerrar la boca del asombro.

sábado, 6 de febrero de 2010

Una Canción para el Camino

‘Las pencas nuevas que al maguey le brotan vienen marcadas con nuestros nombres’. Así de sencillo expresa su amor Teodoro Garduño, con una canción típica en su país, con todo el sentimiento del mundo. Él, con cuarenta y siete años, cuatro hijos y un perro sin raza definida esperando en casa, empuña la guitarra bien fuerte para tocar y cantar en cada bus que va desde la Terminal Central de la Ciudad de México hasta la salida rumbo a Toluca. Así paga su pasaje. Tiene un repertorio de cuatro temas y el único integrante de su grupo musical es el tío. Cada que abre la boca para cantar deja ver un diente de oropel. Se mueve en cada curva evitando caerse y el sombrero color marfil con un alacrán impreso parece estar a punto de volar.



No se ha presentado ante su público sino hasta el segundo tema. Todos lo miran y nadie dice nada, ni a él ni entre sí. Las mangas de su camisa con un color rojo chillón y algún dibujo estampado que no recuerdo se dejan ver bajo su chaleco de cuero. No caben dudas que es un mexicano de tomo y lomo. Tito Garduño, el tío, tiene menos años de los que aparenta, las manos sucias de tantas monedas que recolecta tras cada función ambulante y una mochila blanca y roja en la misma condición que sus manos. Se apoya en mi asiento y aprovecho para preguntarle por sus nombres. Así también me enteré de su parentesco y de la pequeña empresa que les rinde frutos hace cuatro años. Él ya no se preocupa tanto por sus hijos, son grandes y han cruzado de ‘mojados’ para Estados Unidos. No se acuerdan de él económicamente pero prometieron mandarle una camisa con la imagen de Osama Bin Laden. El se ríe cuidadosamente para no dejar ver su falta de dientes que recién ocultaba con la armónica. Es feliz, me dice. Y le creo. No tiene esposa, es viudo, pero tiene una nueva pareja que dice lo está esperando con ‘pozole’ hoy sábado. - No me aburren, al contrario, cada vez me salen mejor.- dice Teodoro mirando la punta de sus botas cuando le pregunto por su repertorio. Se ha sentado a mi lado. – A la gente le gusta estas canciones porque son del pueblo, se identifican. Somos muchos los que cantamos por las calles y al menos no me puedo quejar, aunque las tortillas suben a diario.- En un momento de confesión personal me cuenta que con aquella canción del maguey le declaró amor a su esposa y le dio el primer beso, muchos años atrás. Se les ve que aman, se les ve que han sufrido y se les ve como les cuesta subsistir, siempre con buen ánimo y una gran sonrisa, a esta gran ciudad de pirámides y vestigios prehispánicos. Se bajan en la entrada a Toluca, casi frente a la estatua de Emiliano Zapata con una placa que reza: “Zapata tiene aún puestas las botas de montar y el caballo ensillado” y se despiden meneando las manos en alto desde la acera. A medida que me alejo miro sobre sus cabezas y un escrito me recuerda que “Toluca es la provincia y la provincia es la patria”. Pienso que puede ser sólo una de las miles de historias de cantantes callejeros que suben a las miles de micros en las grandes urbes. Pienso que son sólo una de las miles de familias que se unen en torno a la música para conseguir el alimento para los suyos. Pienso en mí y pienso en lo agradable que se hace esa voz ronca que canta para soportar el tránsito de una de las ciudades más pobladas del mundo. Y pienso en todos los que van arriba de este bus, que sin duda han de tener en algún lugar de México, una penca de maguey que viene marcada con sus nombres.

La mirada del Tubab

Hace un tiempo vi en "La Cultura Entretenida" una entrevista a Beltrán Mena. Después de eso, decidí buscar alguna información sobre su libro "Tubab" y encontré otra entrevista realizada por la revista Paula, la cual me pareció interesante de compartir. Conozcamos un poco más a Beltrán Mena.

Once años le tomó a Beltrán Mena terminar su libro, una novela en la que recoge unos viajes que hizo por África a fines de los ochenta. Un periplo anterior a internet, de un sujeto permeable y no glorioso que avanza a través de un territorio inseguro por donde transitan escasísimos blancos.


Médico de profesión, a Beltrán Mena (49 años, casado, dos hijos) cuando estudiante le gustaban la Posta, por dramática, y la psiquiatría, por intelectual y frondosa. A la rutina del hospital y la consulta le hizo el quite y trabaja en la Universidad Católica donde se dedica, entre otras cosas, a enseñar a hacer clases a los médicos que deben hacerlo. También desarrolló un examen teórico que acaba de hacerse obligatorio por ley y que persigue medir la calidad de los egresados de todas las escuelas de medicina del país. Pero lo que más ha hecho Mena es ser lector. Esto, desde que a los tres años aprendió a leer luego de que un vecino un poco mayor que él, Pedro, le mostró un libro lleno de ilustraciones titulado Historia de la Humanidad. No podía creer el niño Beltrán que el hombre se hubiera parecido a los monos y que su amigo Pedro le contara todo lo que le estaba contando con sólo mirar unas líneas negras hechas de pequeños signos. Así empezó para Mena la deriva que más tarde lo llevó a la legendaria Tombuctú.

¿Cuánto de cine y literatura hay detrás de tu fantasía africana?

- Mucho, como en toda novela, pero no sólo cosas serias como Conrad, Bowles o historia colonial; el Mampato, la televisión y las películas de Tarzán también deben haber influido. Yo creo que todos esos tambores deben haber quedado retumbando en algún lugar de mi cabeza.
¿Fuiste a Tombuctú con la intención de escribir un libro?
- Bueno, al final está el libro, pero no es que haya dicho “voy a viajar para que me pasen cosas y poder escribir un libro”, “voy a pasarlo mal para escribir una novela sufrida”. No.

Tu recorrido es lo contrario de un tour porque hay altas cuotas de incertidumbre. ¿Es necesario el riesgo para que haya viaje?
- Uno hace todos los esfuerzos por capear las dificultades y las que enfrenté fueron las que quedaron después de haber intentado eliminarlas todas. Trataba de conseguir siempre el mejor camión y el camino más seguro. Pero si eliminas todo riesgo no hay viaje. No digo que debas correr el riesgo de tu vida, basta con llegar a una ciudad sin haber reservado un hotel, el riesgo de perder un tren o de contagiarte una diarrea, pero tiene que haber cierta fragilidad para que haya viaje.

Andabas solo y con mochila.
- Solo, y no con mochila, me cargan; usaba un bolso.

¿Te irritan los mochileros?
- No, no me irritan, simplemente me aburren. Tienen muy presente el lado práctico, el conseguir dos por uno, juntarse entre ellos y averiguar cómo sigue el recorrido, qué cosas visitar, cómo llegar.

¿Cómo recuperaste la memoria emocional después de diez años o más?
- Me pasó una cosa rara: cuando empecé la novela dejé de viajar, se me quitaron las ganas. Iba por supuesto a viajes de trabajo, como congresos o cursos, pero no hice viajes grandes. Entonces, más que recuperar la emoción, lo que hice fue protegerla. Lo difícil fue producir los silencios para escribir.

¿Qué solución encontraste?
- Al comienzo me arrancaba unos días al mes a una cabaña en el Cajón del Maipo, después arrendé un boliche en un caracol medio rasca, pero lo que me sirvió fue ir apretando el tiempo de todos los días. Tampoco sabía escribir, pero he ido aprendiendo. Ahora ya no necesito entrar en un cierto estado mental. Tomo el cuaderno y escribo al tiro.

¿Escribes a mano, en cuadernos?
- A mano, sí, por buenas razones. Soy muy maniático y con el computador la posibilidad de corregir es infinita. El lápiz me obliga a seguir escribiendo y dejar las correcciones para después.

Sin embargo, la obsesión te ayudó a viajar.
- Sí, claro, porque cuando dices a tus amigos que vas a ir a Tombuctú, no puedes recular. Y es fácil conseguir excusas para recular, aunque soy malo para eso, soy malo para el fracaso, soy malo para reconocer que algo no me resultó, soy malo para aceptar las fallas.

Ahí entramos en el tema del carácter que desarrollas en tu novela, donde postulas que el carácter de un hombre es su destino.
- Ésa es una frase de Heráclito que me parece muy potente. El carácter es tu biografía porque está detrás de todos los pasos que das. Creo que nos iría mucho mejor si confiáramos en nuestro carácter y no lo forzáramos tanto. Siempre te están diciendo “por qué eres tan exagerado”, “no seas tan melancólico”. Bueno, es que soy “tan” y soy así nomás.

En cualquier caso, no pareces melancólico.
- Es que me energizo al hablar, me pongo medio eufórico y eso engaña, pero la verdad es que soy más bien melancólico. No nostálgico, y hagamos la distinción porque es interesante. El nostálgico echa de menos el pasado y sufre por eso; en cambio, el melancólico es un tipo que simplemente ve el presente como pasado.

¿Perdón?
- Claro, yo estoy aquí contigo, pero esta conversación que estamos teniendo la veo como yo viejo acordándome de esta misma conversación. No le creo mucho al presente, no lo siento sólido. Lo siento fluir y escapar.
Volviendo a África, es misteriosa la palabra Tombuctú.

- La palabra es bonita, pero es la palabra y su historia; es el sonido y el oro que prometía, es el sonido y la cantidad de gente que murió tratando de llegar, no es la pura palabra. Si se hubiera llamado San Javier o San Pelayo, la ciudad no se hubiera vuelto un mito.

En el tiempo en que anduviste por allá todo era más difícil porque no había mail ni internet?
- No había, no podías averiguarlo todo, como ahora. Siento que alcancé a vivir el último estertor de esos viajes en que realmente no tenías posibilidad de contacto. Ahora es imposible desconectarse. Vi un aviso de celulares en que salían unos estudiantes de vacaciones en el puente del Indio, en Coihaique, llamando por celular a la casa. La frase publicitaria decía algo así como “No pierdas contacto con tus seres queridos”, cuando el viaje consiste precisamente en perder contacto con los seres queridos.

Pero usas celular.
- No, me carga el celular, casi tanto como las mochilas. El celular nos tiene a todos detenidos, esperando la gran llamada perdida.

¿No tiene que ver eso con la velocidad a que se anda?
- La velocidad está bien, lo grave es que nos quita la pausa. El viaje que cuento en mi libro son puras detenciones; había que esperar uno o dos días a que llegara un camión que se quedaba en pana cada cinco kilómetros. Todo se demoraba y era insoportable, pero esas detenciones, que no sabes cuánto van a durar, te obligan a mirarte a ti mismo. Después de un par de horas ya no lo encuentras tan terrible, te empiezas a entretener y dejas de angustiarte.

¿Por qué optaste por el punto de vista del tubab, que es la palabra que usan allá para llamar a los extranjeros?
- Simplemente me fui encariñando con esa palabra que retumba y de repente me di cuenta de que era la gran metáfora del libro, de que somos extranjeros siempre. Somos tubabs en nuestra propia casa, somos tubabs en la plaza Ñuñoa y somos tubabs para los demás.

En el texto incluiste flash backs en que evocas a tus amigos, a las personas que influyeron en ti y a la chica de la que estás enamorado.
- Es que el viajero viene de alguna parte, tiene una biografía y eso para mí es fundamental. Tubab es un libro de viajes, pero también es una novela y el viajero adolescente es casi siempre un viajero enamorado.

¿Cómo trenzaste la realidad, la ficción y el libro de viajes autobiográfico con la novela?
- El problema de un escritor suele ser darle verosimilitud a su libro, que no parezca novela; el mío fue al revés: cómo volver novela una crónica real. Afortunadamente, la realidad deja un gran espacio para la ficción. Desde operaciones odontológicas, como ponerle un diente de oro a un personaje al que le faltaba un diente, hasta entrarle directamente con tijera a la realidad, como un montajista, cambiando la manera en que ocurrieron las cosas. Se puede cambiar la realidad, con la condición de que el resultado sea más realidad.

Despotricas harto contra los locales.
- ¿Por qué vas a decir que todos los negros son geniales y simpáticos? Sería como decir que todos los blancos son buenos y honrados. Si me toca un negro antipático lo digo y si al día siguiente conozco uno admirable también lo digo. No vas a andar protegiendo a la gente por el color de su piel, porque sería tan insultante como despreciarla por lo mismo.

¿Las dificultades del viaje sirven para conocerse a uno mismo?
- Bueno, en el desierto están la incomodidad, el calor, el miedo a que te roben o a perderte. El desierto es un espejo que puede ayudar a conocerte a ti mismo. Pero también puedes hacerlo en un calabozo o en un centro comercial, hay mil maneras de conocerse a sí mismo, y el viaje es, sin duda, una de ellas.
Ahora ya no hay desconocido absoluto como lo hubo para los españoles que llegaron a América.
- Pero queda más de lo que se cree. Es cierto que ya no hay ciudades perdidas, nadie espera encontrar El Dorado y ese brillo se perdió. Pero ahí tienes a los piratas somalíes, hay piratas en cada lugar donde haya muchos barcos, poca ley y mucha pobreza. Si te atreves a desembarcar en la costa de Somalía, vas a encontrar bares de piratas. El escenario está intacto.

¿No habría algo más cerquita?
- En todas partes. Uno va por la Panamericana y a cada rato hay letreros que dicen A Villa Alegre o a Peor es Nada. Uno no toma esos caminos, porque está apurado por llegar a Pucón. Pero te alejas dos kilómetros de la carretera y encuentras pueblos sorprendentes, no es que en ellos el tiempo se haya detenido, pero van más lento y son tan exóticos como Tombuctú.

Extraído de la Revista Paula

viernes, 30 de octubre de 2009

Taxi Drivers en Lima City

No recuerdo sus nombres porque son muchos, pero si recuerdo sus historias. En el asiento trasero de los taxis puedes enterarte de cualquier cosa. En esta oportunidad hablo por los de Lima. El cambio de moneda me favorece y aprovecho para recorrer mi ciudad, en la que sólo estoy de visita, en taxi. De paso me evito ese tránsito soporífero que sumado al calor húmedo del verano limeño escaldan hasta más no poder.
- Si no fuese por la APEC, no nos arreglan las calles.- dice el primer taxista, el de la mañana, que me hace el servicio de transporte hacía Miraflores.

Es un hombre de edad, viejo. Manos de trabajador, cara de ser honrado y un gorro típico de abuelo jubilado en la fila de pago. Solo lamentos, quejas y maldiciones. Suspiros largos mientras el tráfico no deja avanzar ni a ciclistas. No trato de averiguar ni como se llama porque sus ojos achinados por el sol me dicen que me calle.

- Ja, ja. Ese desgraciado le pagaba del gobierno hasta a su amante.- dice el segundo.

Flaco, moreno y con dejo provinciano. Treinta y cinco años mínimo. Camisa corta y un pañuelo en el cuello. El brazo cubierto por una manga de sweter que lo protege del sol. Se ríe mucho y me mira por el retrovisor. Hace referencia a un político que recién fue descubierto pagándole sueldo a su amante como si fuera trabajadora de su municipio. Ríe de rabia, de risa, de burla y de desesperación por un país donde se pela mal el chancho. Como en muchos otros. Habla sin que le pregunte. Quiere hablar. Está aburrido, pienso. Lleva recién 4 horas de 15 que trabaja. Un poco de optimismo no viene mal. En el cambio de luz va mirando su periódico amarillista, que sujeta con sus manos grandes de uñas sucias y según lo que va leyendo me comenta las cosas. Yo río y escucho.


- Estamos jodidos, no vamos al mundial nica….- dice el taxista número 3.

Rostro de preocupación por su familia y el fútbol. Nada más le importa. Sólo quiere que sus hijos estudien, que su esposa le cocine y lo espere en casa acostada y que Perú clasifique después de veintitantos años al mundial. Habla de los jugadores que habían sido sorprendidos con mujeres durante la concentración en un lujoso hotel de la ciudad después de un partido con Brasil y días antes de jugar (y ser goleado) con Ecuador. No lo entiendo, no sé nada de lo que me habla, pero no le importa. Cambia fácilmente de tema. Cuando menos pienso ya está hablando otra vez de lo caro que sale estudiar, de que al menos tenemos suerte de tener libros piratas, sino qué sería de su hija mayor, que estudia periodismo. Optimista al menos.

- ¡Esta chola está buena!- Infaltable comentario.

Menos de 25 años el cuarto chofer. Sólo se preocupa de hacer unas monedas para tener qué tomar el fin de semana, fumar algo y si tiene suerte, flirtearse una muchacha que se parezca en algo a la mujer regordeta y con poca ropa que adorna la primera plana de su diario. Todos tienen los llamados “diarios chicha” en sus respectivos taxis. Ríe, todavía no tiene responsabilidades, no sabe lo que pasará cuando se case y tenga hijos. Sólo quiere divertirse, esa es su movida. Lo dice orgulloso y por momentos lo envidio. Una ex novia que emigró a España dice que se lo llevará, pondrán algún negocio y se casaran allá. Sus hijos tendrán doble nacionalidad y no tendrán problemas ni aquí ni allá. Lleva 3 años esperando esa ayuda, ese llamado que le diga: Ven, te mando el pasaje!!! Quién sabe si llegue. Muchas veces los teléfonos sólo suenan para las malas noticias.

No ha salido muy caro el viajar en taxi. Como decía, el cambio me conviene. Para variar subiré a una “custer” que pase algo vacía. ¡Colmena, Tacna, Alcazar! Grita el cobrador del vehículo. Da dos golpes en la puerta y le indica al chofer que voy a subir. Pongo el pie en la escalera y arranca. Subo corriendo. Me siento y sigo riendo por los cuatro taxistas y río cada vez más fuerte. Sólo me callo porque el cobrador me mira mal, está siguiendo con su voz una canción mal sintonizada en una radio y piensa que me burlo de él. Mejor miro por la ventana a todos esos autos amarillos que pasan a mi lado y tienen mil historias aferradas al volante. Mientras, muy en el fondo deseo que Perú si clasifique al mundial y que esta noche suene el teléfono con la buena noticia desde España.

sábado, 17 de octubre de 2009

Sólo para mujeres

La moda independentista impuesta hace ya un tiempo por las chicas de Sex and the City sigue extendiéndose a otras áreas donde el mal llamado “sexo débil” se impone y toma las riendas. El ir y comprar zapatos en la tienda de la esquina ya no está “in”. Ahora viajan…solas.

Hace algunos años, ver a una mujer sola viajando junto a un grupo de turistas que en muchos casos van con pareja, hijos, y demás parientes, era algo extraño. O está viuda o busca marido o en el último de los casos, lo peor: el marido la engaña y le paga los viajes para que no lo moleste. Pero todo cambia y como es este caso, cambia para bien.

Este espectro está tomando fuerza en Estados Unidos, donde las mujeres se apuntan en ciertas agencias de viaje a tomar vacaciones en las que se aprende a tejer, van de compras, se internan en un spa (siendo parte de un nuevo tipo de turismo: el “slow travel”), también buscando algo de turismo aventura, crear sus propios perfumes en Italia, aprender cocina marroquí o thai, catar vinos y ecoturismo. En cuanto al turismo urbano definitivamente el galardón se lo lleva New York y su famosa Manhattan. Y entre los favoritos están los cruceros caribeños.

La popularidad de esta nueva tendencia se va incrementando a tal punto que la cadena Fine Living Networks ha puesto a disposición del nuevo segmento del mercado un programa llamado “All Girl Getaways” (Escapadas para Mujeres). Y para quienes planean sus viajes con mas recaudo y tiempo, ya salió a la venta la secuela del libro “Las 50 mejores vacaciones para las mujeres de Norteamérica” de la autora Marybeth Bond, que según sus estudios desde 1993 dice que en los últimos años hubo un 230% de aumento en el número de empresas especializadas en vacaciones para las féminas, las cuales dejan a sus esposos en casa para tomar unos días de relax. Esta vez la autora se extiende con el título “Las 50 mejores vacaciones para mujeres en el mundo”.

Según una de las fundadoras de la agencia de viajes Gutsy Women Travel, cada vez más mujeres de treinta, cuarenta y hasta cincuenta años, con estudios y carreras profesionales que les demandan buena parte de su tiempo, deciden escaparse con amigas a los nuevos destinos con oferta adecuada a lo requerido. Según esta empresaria, estaría hablando de un 60% de mujeres, pertenecientes a este segmento, que viajan sin acompañantes.

Todo esto representa un cambio cultural que se hace notar cada vez más. Un par de décadas atrás eran muy pocas las mujeres que viajaban de vacaciones sin sus familias. Ahora las mujeres mayores de treinta años ya tienen incluso su propia agencia de viaje especializada en ellas y en cubrir sus necesidades y requerimientos. Una de estas agencias es Adventure Woman.

Allison O’Sullivan, directora de Women’s Travel Club, es casada pero motivada porque siempre quiso viajar a lugares que no le interesaban a su marido, se inspiró para crear su agencia, la que tiene en su lista de ofertas 60 destinos distintos con los que trabaja el tema. Según la agencia Abercrombie & Kent, los destinos mas solicitados son la India, China, Bordeaux en Francia y un país sudamericano: Argentina, que tiene cadenas hoteleras con planes especiales para mujeres (Fairmont Hotels & Resorts).


Quienes pensábamos que éramos privilegiados por tener cruceros de solteros en islas caribeñas y fiestas de toga en la orilla de alguna playa color turquesa y que sólo nuestro género era el beneficiado, estamos frente a una tendencia que pasa de ser sólo una moda pasajera. No hay duda, ya era tiempo que les toque a las mujeres. Mientras tanto seguiré planeando el viaje a Sudáfrica para ver el mundial con mi papá, pero sé que igual debemos estar listos, tanto él como yo, para cuando mi novia o mi madre nos digan que se van solas a bailar, entre palmeras y margaritas, durante el tiempo que dura nuestra fiebre futbolera.

Viajar y Leer

¿Viajamos para leer ó leemos para viajar? Es indiscutible que ambas cosas van de la mano. ¿Quién lleva a quién? Es como querer entender cual fue primero, el huevo o la gallina. Ambas caras de, quizás, una misma moneda. Lo cierto en todo esto es la importancia que tiene para el viajero estar en constante contacto con los libros, sean estos típicamente de viajes o literatura en general.


Vemos como las grandes cadenas hoteleras, sobre todo en las playas, cuentan con una pequeña pero variada biblioteca donde los huéspedes pueden adquirir un libro. Lamentablemente me ha tocado la experiencia de que justo el hotel donde me alojé solo tenía literatura en inglés, lo que me hace pensar si o somos pocos los turistas hispanohablantes o simplemente consideran que la lectura no es un hábito propio de nosotros. Mejor pienso positivamente: somos tan cultos que dominamos más de un idioma. Sea como fuere, este antecedente de tener un espacio destinado para los amantes de la lectura significa que no estoy errado en mi idea que tanto la literatura como los viajes están unidos más de lo que se cree, aunque las páginas se llenen de arena.


Quizás lo que termina de confirmar mi teoría se ve por lo que la mayoría de viajeros hacemos cuando la rutina nos agobia y el dinero no alcanza para poder salir de nuestro entorno: lo mas cercano a dejarnos ir es leer. Tomar un libro que nos conduzca sin salir de casa por el Camino de Santiago en Compostela, caminar por las húmedas calles de Macondo, por la melancolía de París con aguacero, seguir las huellas del Che Guevara en su arduo viaje por nuestra América, o tener nuestra propia metamorfosis sin la necesidad de dejar nuestro sofá.

Mientras escribo pienso realmente cuándo terminó mi último viaje: ¿cuándo llegué a casa o cuándo perdí mi libro después de que me dejó el avión varado por un día y medio? La respuesta ciertamente no la sé pero sí puedo asegurar lo que se siente estar durante tanto tiempo sin la compañía de tu mejor amigo…el libro.

Lo he dejado olvidado sobre una cabina telefónica en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez de Ciudad de México, y bastaron dos segundos para que desaparezca. Sólo espero que aquel libro, que habla de viajes y viajeros, sea ampliamente aprovechado y que valga la pena haberme quedado solo durante toda esta noche, en la cual recién me doy cuenta del frío que me consume mientras sigo subiendo y bajando escaleras mecánicas, buscando a mi amigo, cargando cinco sombreros de mariachi que me encargaron en Perú.

lunes, 12 de octubre de 2009

El Capitán de Amazonas

¿Cuánto puede costar un viaje?, ¿Cuánto estás dispuesto a pagar si no sólo conocerás una playa o una metrópoli?, ¿Cuál es el precio que pagarías si el viaje te acercará a una parte de ti que estaba perdida? Como dice el comercial de una conocida tarjeta de crédito: no tiene precio.



Había acariciado por largos años la idea de volver a Amazonas – no la selva virgen compartida por Perú, Colombia y Brasil, sino la región Amazonas en Perú – y éste volver se acercaba más cada día. Despertaba pensando en mi viaje, haciendo planes de rutas y carreteras, de caminos y descubrimientos, de volver, porque eran veintitrés largos años en los que no pisaba la capital de la región: Chachapoyas.

La sangre de mi padre viene desde allá. Mis antepasados eran de este “pueblo de guerreros” (es el significado del nombre Sachapuyos). Soñaba despierto y dormido con visitar las antiguas ruinas de Kuélap, las que en mi viaje anterior aún no estaban abiertas al turismo pero que ya habían sido descubiertas en 1843; la catarata de Gocta, que recién se anunció como una de las tres más grandes a nivel mundial y a la que se accede después de caminar 3 horas; y los Sarcófagos de Karajía. Aún vive parte de mi familia ahí, en Chachapoyas, una familia de la que sabía muy poco, y en especial de mi abuelo.

El abuelo, un policía respetado por todos y de quien su propio nieto no sabía nada. No sé exactamente el rango que tenía pero después de saber todo lo que ahora sé de él, para mi siempre será “el Capitán de Amazonas”. Fuerte como su sangre, valiente como los antiguos guerreros que no se dejaron doblegar fácilmente por los Incas, inteligente como cualquier intelectual de las grandes urbes. Así tengo en mi pensamiento al abuelo, quien ahora ya no está en esta vida terrenal pero entró en la escena de mi vida emocional; y que de herencia me dejó su sangre y un tío que nunca supe que existía – ni mi abuela lo sabía – y a quien me dio mucho gusto conocer.


Cada paso que doy por el pueblo me parece darlo a su lado, de su mano, como la primera vez que vine. La plaza, el municipio, la iglesia remodelada, la casa donde vive mi familia y la gente del pueblo que me mira al pasar parece haber regresado veintitrés años en el tiempo y ser parte del recuerdo viviente de mi abuelo. Quizás hubiera sido mi abuelo el mejor guía por sus tierras, las campañas militares de las que participó en su juventud habían sido muchas y su experiencia castrista es un legado inigualable. Lamentable es saber que murió viendo a su gente caer abatida por los terroristas, y mi poca inocencia de niño que aun queda me grita desde las entrañas que él solo hubiera podido acabar con los subversivos.

Son las 6 de la tarde, recién regresé de Kuélap, y estoy parado, al lado de mi padre y mi abuela, frente a su tumba. He pensado durante el tour en cuán fuerte es la sangre que corre por mis venas y cuánto de mi seguiría perdido si no hubiera vuelto a éstas tierras. Levanto la mirada para ver los últimos rayos de sol que se ocultan tras las nubes que ahora amenazan con lluvia, respiro onda y profundamente y el cuerpo cansado de tanto caminar me pide un descanso. Caeré sobre la cama y cerraré los ojos para entregarme a la noche, no hallaré la forma de acomodarme para dormir, pero en mis sueños seguirá siempre presente el Capitán de Amazonas y ni el despertador que anunciará un nuevo día de excursión me podrá quitar la sonrisa de haber viajado por primera vez a mi pasado.

Tomando espero...


Hay quienes esperamos dinero, amor, buena salud, o simplemente una vida sin pesares... Este pescador de Mandinga, bahía ubicada a unos pocos kms. y minutos de Veracruz, en México, parece esperar a que vuelvan sus compañeros de faena. Mientras tanto sigue aportando líquido, algo extraño y que no corresponde a la botella que lo contiene, a su ya distinguida anatomía...



Se toma un respiro y mira alrededor, para ver si vuelven sus amigos o quizás para asegurarse y agradecer que sea el único que disfruta de este atardecer, antes que el sol se ahogue en la bahía veracruzana.

Marlon Brando en el Valle del Mantaro


Néstor Aquino, conduce el taxi por la carretera que une la que fuera pensada como capital del Perú en primera instancia, Jauja, con Sincos, un pueblo a orillas del Valle del Mantaro, olvidado por el tiempo y las promesas sin cumplir de los políticos. Son casi las cinco de la mañana y sus manos maltratadas por otros tiempos de agricultor sujetan fuertemente el volante bajo la luna llena, redonda y blanca que ilumina y encandila sus ojos que dan indicios de no haber sido cerrados en las últimas diez horas.

He llegado hasta el asiento trasero de su taxi porque seré padrino del bautizo que ese día congregará a algunos de los pocos pobladores que quedan en Sincos. Estoy aquí para una ceremonia de paz, de reconciliación y de amor pero Néstor no puede pensar en eso. Habla de aquellos tiempos como si aún estuvieran cerca. Sí, de aquellos tiempos cuando los encapuchados entraban por el Valle y llegaban hasta la plaza para colgar banderas rojas y pintar los muros del pueblo con consignas subversivas y matar a quienes piensen distinto, a quienes no estén de acuerdo con la “revolución del pueblo” y el “Presidente Gonzalo” (Abimael Guzmán, líder terrorista de Sendero Luminoso).

- Los sinchis y los terrucos, papay. Dicen que se fueron pero quién sabe.- Me dice con la típica forma de hablar de los peruanos andinos. Me lo dice con temor, como si un Sinchi (diablo) lo estuviera vigilando. Me lo dice con esperanza de que sea cierto que se fueron. – El Chino debería volver, papay, sólo él hizo algo por nosotros.-, dice haciendo alusión al ahora juzgado y encarcelado dictador peruano de origen asiático que es mitad héroe y mitad canalla y tiene al país dividido.

Néstor habla y mira por el retrovisor, buscando en mis ojos alguna complacencia con sus palabras. Lo escucho pero mis ojos miran por la ventana. Miran el Mantaro, miran la luna y miran los campos verdes. Sienten el frío de los tres grados que tiene esa noche.

Hemos llegado a Sincos pero no a la casa que busco, la de mis futuros compadres. Néstor pregunta a quienes a esas horas ya salen con su ganado a pastar. Se hablan en quechua, sólo entiendo los apellidos que dicen, apellidos propios del legado inca. Tras dos informadores turísticos improvisados, llegamos a la casa. Néstor se despide y recibe en su palma, lastimada por el tiempo y por la pala, los ocho soles que costó el recorrido.

Como es costumbre, ese día se le demuestra al padrino el agradecimiento con animales casi enteros, que a su vez casi no entran en los platos. Gallinas, cuyes, ovejas, cerdos, desfilan durante el día sobre la mesa donde estoy sentado.

El día continúa de forma normal, una hermana extranjera de no sé que orden religiosa me da una pequeña charla sobre la importancia del matrimonio, para lo cual le aclaro luego de diez minutos que no me voy a casar sino que seré padrino. Con una sonrisa angelical me pide disculpas y busca como unir todas esas palabras gastadas con las que debió haberme dicho desde el comienzo. Todo termina rápido.

Busco almuerzo pero me desvío para comprar hoja de coca en un mercado. Por curiosidad pregunto y termino en un puesto oscuro y cerrado, que huele a orines, sentado frente a una anciana que me lee el futuro mientras deja caer de sus manos sucias, gastadas y trabajadoras, las hojas verdes de coca. Adivina un poco, improvisa otro poco y le acierta a algo. Media hora frente a ella, una oferta de curarme las maldades o “trabajos”, refiriéndose a la brujería que me hizo alguna mujer y comienzo a entrar en trance, más por el olor que por algún conjuro. Todo termina y sólo un “pollo a las brasas” en el pueblo me quita de la mente aquella enfermedad que me vaticina y aquel conjuro que dice tengo hace algún tiempo. ¡Como si no fuera suficiente ver aquel pueblo por donde los demonios encapuchados caminaron tanto tiempo!

Comienza a oscurecer el día sábado y el cansancio ya quiere hacerse notar. Han pasado más de doce horas desde que llegué y arrojo dulces y el “sebo” (monedas para los niños asistentes al bautizo) en la puerta de la iglesia. Todos gritan, se ríen y mi ahijado trepa por mis piernas para que lo cargue. Lo tomo en brazos y miro la plaza pausada y tranquilamente, imagino a los “sinchis” y pienso en Néstor Aquino, el taxista con manos de agricultor, que a esa hora debe estar frotando sus ojos fuertemente para comenzar otra noche de trabajo.